Aprobada mediante Resolución No.1441-9 de Julio de 1998 Del Ministerio del Interior de Bogotá - Colombia.

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Esfuérzate de la mano de Cristo y el milagro sucederá.

Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día” Juan 5: 1-9.

En esta historia podemos ver con claridad bajo qué condiciones operaba el poder de Jesús. Jesús hablaba con imperativos, daba sus órdenes, sus mandamientos a los hombres, y en la medida que éstos obedecían recibían ese poder.

Jesús comenzó por preguntar al hombre si quería curarse. Pareciera que es una pregunta que no cabe. El hombre había esperado durante treinta y ocho años y bien podría haber perdido las esperanzas, dejando en su lugar una pasiva y triste desesperación.

Podría haber sucedido que en lo más íntimo de su corazón se sintiera satisfecho de seguir siendo un inválido porque, si se curaba, tendría que enfrentarse con todo el peso de ganarse la vida y asumir una vez más todas sus responsabilidades. 

Pero la respuesta de este hombre fue inmediata.  Quería curarse, aunque no veía cómo podría curarse, puesto que no había nadie que lo ayudara.

Lo primero que se necesita para recibir el poder de Jesús es un deseo intenso de ese poder. Jesús viene a nosotros y nos dice: “¿Realmente quieres cambiar?” si en lo más recóndito de nuestro corazón estamos contentos con ser como somos, no puede haber ningún cambio. El deseo de las cosas superiores debe inflamar nuestro corazón. Jesús, pues, le dijo al hombre que se levantara.Es como si le hubiera dicho: “¡Hombre doblega tu voluntad! Has un esfuerzo supremo y tú y yo lo lograremos juntos” El poder de Dios nunca prescinde del esfuerzo del hombre.

Ningún hombre puede apoltronarse, relajarse, y esperar que suceda el milagro. El milagro sucede cuando nuestra voluntad y el poder de Dios cooperan para hacerlo posible. “Levántate” le dijo. Efectivamente, Jesús estaba ordenando al hombre que intentara lo imposible. El hombre podría haber dicho, con resentimiento y dolor, que eso era exactamente lo que no podía hacer.Su lecho debe haber sido una simple estructura semejante a una camilla. Y Jesús le dijo que lo levantara y se lo llevara.

El hombre podría haber dicho que durante treinta y ocho años el lecho lo había estado soportando y que no tenía mucho sentido decirle que se lo llevara. Pero una vez más, el hombre hizo el esfuerzo a la par de Cristo, y sucedió el milagro.

Aquí tenemos el camino para lograr lo que nos proponemos.  Hay tantas cosas en este mundo que nos vencen, nos derrotan y se apoderan de nosotros. Cuando la intensidad del deseo está en nosotros, cuando hacemos el esfuerzo, aunque pueda parecer sin esperanzas, entonces el poder de Cristo se manifiesta en la debilidad, y con Cristo conquistamos aquello que durante tanto tiempo nos ha conquistado a nosotros.

Oración: Amado Dios, vuelvo a ti cansado en esta larga espera, arrepentido de todo aquello que me aleja de ti, me postro de rodillas ante ti, con el corazón compungido, agobiado, sin alientos ya; para pedirte a ti el amparo que mi alma y mi espíritu necesitan como el buen pastor que eres de todos los que te buscan. Amén.

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